Ucrania. Un Estudio de Caso de Guerra Híbrida

César Pintado Rodríguez

Hoy analizamos la estrategia rusa en Ucrania como anticipo del escenario híbrido que puede encontrar la OTAN en la próxima misión en las Repúblicas Bálticas.

En mayo de 2017, el Ejército de Tierra desplegará en Letonia un grupo táctico de 300 hombres como parte de un batallón multinacional de la OTAN liderado por Canadá. Otros contingentes similares serán desplegados en Lituania y Estonia, así como una brigada acorazada del US Army en Polonia.

Son numerosos los analistas que comparan la amenaza a la que se enfrentará allí la OTAN con la estrategia adoptada por Rusia en Crimea. Se trata de una novedosa combinación de recursos que constituye lo que muchos ya conocen como guerra híbrida.

Al margen de esta u otra denominación, es evidente la conveniencia de estudiar la estrategia rusa en Ucrania para conjurar una respuesta a la altura de las circunstancias.

El contexto
Las gestiones de la OTAN desde 2008 en relación a una hipotética integración de Georgia y Ucrania habría provocado un cambio de postura en la clase dirigente rusa, que hasta entonces había tratado de mantener mejores relaciones con EE.UU. y la UE (1). También se debe distinguir la ocupación de Crimea, al tratarse de una importante base con acceso al Mar Negro y al Mediterráneo. Existe entre los analistas de defensa una corriente de opinión que ve como objetivo primordial la desestabilización del gobierno de Kiev (2) y conseguir al menos la equidistancia de éste entre Occidente y Rusia, más que la anexión de los territorios del Este.

De hecho, buena parte de la opinión pública y de sus élites políticas y mediáticas no consideran a Ucrania un Estado totalmente aparte. En el imaginario nacionalista ruso prevalece la noción de que los ucranianos son, en última instancia, rusos, y que la condición de Estado independiente de Ucrania es un accidente histórico.

El cuadro geopolítico de Ucrania facilitó una intervención rusa de apariencia engañosa.

Tampoco hay que subestimar factores coyunturales, como la distracción de la opinión pública de la crisis económica mediante la identificación de un enemigo externo, los bajos precios del petróleo, el control gubernamental de los medios de comunicación y la frustración derivada de no haber alcanzado los niveles de vida occidentales (3). El conflicto de Ucrania potencia la imagen de Putin como líder resolutivo y contundente que intenta recuperar la dignidad del imperio ruso.

Por otra parte, Ucrania se encuentra dividida, con el Centro y el Norte de tendencia mayoritariamente pro-occidental y un Este más bien pro-ruso. Contar con el apoyo de la población local (o al menos de grupos de población) es el primer requisito para una intervención de este tipo. Como parte de su estrategia de “rusificación”, en septiembre de 2014 quedaron oficialmente constituidas las Fuerzas Armadas de la Nueva Rusia, aunque ya contaban con embriones operativos. Dichos embriones formaron parte de ese primer pilar de guerra híbrida, con armamento capturado a fuerzas militares y de seguridad ucranianas. Pronto se sumaron combatientes extranjeros pro-rusos, incluyendo cosacos y chechenos.

El clima de crispación contra el gobierno de Kiev en Odessa, Donetsk o Lugansk, junto con el referéndum convocado en Crimea, favorecieron las condiciones para que Rusia tomara cartas en el asunto.

La actuación de Rusia
Las medidas adoptadas por Moscú fueron varias y diversas. Para empezar, desplegó aproximadamente 50.000 efectivos en la frontera con Ucrania, dotados de carros de combate, medios pesados y abundante artillería. Sin embargo, el peso de las operaciones recayó en unidades de operaciones especiales constituidas como grupos de voluntarios, formalmente sin relación con Moscú, pero operando bajo sus directrices. Todo ello bajo la supervisión de los servicios de inteligencia rusos. Es decir, una operación encubierta a la vieja usanza. Algunos expertos llegan a constatar que, tanto las fuerzas armadas ucranianas como sus servicios de inteligencia, han sido penetrados por sus homólogos rusos hasta el punto de generar graves disfunciones (4).

Esas fuerzas paramilitares cuentan con armamento y logística muy superiores a lo que es frecuente en milicianos y guerrilleros. Un buen ejemplo son los misiles antiaéreos de alcance medio SA-11 en las provincias rebeldes. Entre el armamento observado se encuentran carros de combate, vehículos de combate de infantería, transportes oruga acorazados, artillería pesada y lanzacohetes, casi todo de factura rusa. Por otra parte, los rebeldes han hecho un amplio uso de recursos de guerra electrónica con los que han logrado distorsionar las señales de algunos drones hasta el punto de causar su destrucción (5). Las fuerzas armadas ucranianas, por otra parte, no tienen suficiente capacidad anticarro y de medios C4 de última generación.

Elementos de Guerra Híbrida
Una característica de la guerra híbrida es su carácter eminentemente urbano. Los rebeldes separatistas y los voluntarios rusos suelen ubicar sus principales recursos en las inmediaciones de hospitales, colegios o bloques de vivienda, poniendo a las fuerzas ucranianas en un dilema de difícil solución. Y es que la desacreditación de Kiev y la desmoralización de sus fuerzas constituyen el principal objetivo estratégico, para lo cual los daños colaterales son otra arma.

En diciembre de 2014, según los cálculos más optimistas, las bajas ascendían a 4.000 personas, a los que hay que añadir al menos medio millón de desplazados. La mayor parte de unos y otros son ucranianos de las regiones orientales y meridionales. Según la ONU, los desplazados ascenderían a 800.000, de los que hasta 260.000 habrían solicitado formalmente asilo en Rusia. Todo ello pone en un aprieto al gobierno ucraniano, retroalimenta el discurso nacionalista ruso y genera crecientes dudas sobre la capacidad de Kiev para manejar la situación.

Otro elemento clave es la implementación de campañas de propaganda, información y desinformación a gran escala. La campaña desarrollada por Moscú integra un creciente empleo de ciberataques, a partir del despliegue de los sistemas móviles R-330 Zhitel sobre camiones Uran, una de cuyas funciones es interferir en los sistemas de comunicaciones enemigos; o de los Krakusha-4, también sobre vehículos de ruedas, cuya misión es la interferencia de drones enemigos, pero también eficaces contra las señales de radar de aviación e incluso contra direcciones de tiro radáricas.

Como resultado, los equipos de telefonía y radio empleados por las fuerzas ucranianas presentan problemas constantes; los móviles de los diputados dejan de funcionar aleatoriamente y los modestos equipos de guerra electrónica apenas cosechan éxito alguno (6). Los rusos llegaron a emplear sistemas de guerra electrónica embarcados para entorpecer las comunicaciones locales y lograron bloquear a su conveniencia varias webs que consideraban lesivas (7). Asimismo se conoce la existencia de grupos de hackers pro-rusos conocidos como CyberBerkut. El Kremlin, por su parte, está haciendo un amplio uso de las redes sociales, especialmente VKontakte, con más de 200 millones de usuarios, entre los cuales se encuentran excombatientes pro-rusos que cuentan sus experiencias con fines proselitistas (8). Pero la batalla en las redes sociales tiene como vanguardia a un nutrido grupo de trolls profesionales organizados en torno a la Internet Research Agency, en San Petersburgo, que actúan sistemáticamente a las órdenes del gobierno, creando de 150 a 200 comentarios por persona con los cuales se inundan las redes de contenidos favorables a los intereses del Kremlin. Además, en ocasiones, se han lanzado falsas noticias de catástrofes y/o atentados terroristas a través de Facebook o de YouTube que les han permitido medir su propia capacidad para generar el caos entre población y autoridades de los Estados Unidos (9).

Estos métodos eran inimaginables en las viejas guerras de guerrillas, pero más allá de ello se trata de que una potencia de la talla de Rusia ha puesto lo mejor de su arsenal a disposición de los separatistas ucranianos. También se están empleando medios convencionales. Sobre todo medios de comunicación clásicos, especialmente a través de la agencia Rusia Today (RT), financiada por el Estado y especialmente pensada para incidir en el exterior. Esa influencia también se plantea a través de la mediación de diversos partidos políticos europeos, en una horquilla ideológica muy amplia.

A Rusia ya le va bien con que el conflicto se perpetúe en el tiempo (10), ya que de ese modo puede acusar al gobierno de Kiev del sufrimiento causado a los habitantes de las provincias rebeldes. Los demás medios de presión han sido de tipo económico, fundamentalmente. Rusia ha adoptado tres decisiones fundamentales en este sentido: limitar las exportaciones ucranianas, reducir la subvención al gas proveniente de su territorio y exigir el pago por adelantado de dicha fuente de energía. Un hipotético corte del suministro a Ucrania sería difícil de resolver.

Con estas medidas, Rusia debilita las infraestructuras ucranianas y la credibilidad de sus autoridades. De hecho, el gobierno de Kiev ya ha tenido problemas con la movilización de jóvenes, la crisis tampoco les es ajena y muchas de las esperanza de la Plaza Maidan comienzan a desvanecerse.

Conclusiones
La novedad en este caso es que la parte más fuerte (Rusia) es la que ha optado por implementar una guerra híbrida. Es evidente que Rusia ha extraído muchas lecciones de pasadas experiencias, en las que la parte más débil empleó argumentos similares.

Rusia se ha visto legitimada para apoyar una guerra híbrida, dada una confluencia de factores internos y externos. La falta de consenso en la propia Ucrania y la actitud pro-separatista en el Este y el Sur han animado a Rusia a convertir una guerra de guerrillas en una guerra híbrida, sabiendo que la base sociológica e ideológica necesaria para oponerse a Kiev estaba garantizada.

Las aportaciones rusas al conflicto de Ucrania son numerosas y diversas, con la omisión (de momento) del empleo de grandes unidades regulares: empleo de unidades de operaciones especiales; de los servicios de inteligencia; apoyo a la constitución de unidades de voluntarios pro-rusos; aportación de medios de combate pesados (manejados en muchos casos por militares rusos); empleo de sistemas de guerra electrónica de última generación; proselitismo en las redes sociales y fomento del hackerismo; uso coordinado de los medios, así como presiones y chantajes económicos.

La apuesta de Rusia ha puesto en entredicho al gobierno ucraniano y no es descartable que los territorios del Bajo Don acaben integrados en Rusia o como un Estado independiente de facto apoyado por ésta. En cualquier caso, y visto el éxito de los métodos empleados, se impone tomar nota de ellos antes de desplegar fuerzas terrestres en el Báltico.

 

(1) Trenin, Dmitri (2009), “Russia: The Loneliness of an Aspiring Power Center”, International Policy Group, 2/2009, pp. 142-143.

(2) Calvo Albero, José Luis (2014), “La preocupante evolución de la crisis de Ucrania”, Blog Mosaico GESI, 20 de mayo.

(3) Arteaga, Félix (2015), “La `gota´ rusa, Ucrania y la confrontación rusa con Occidente”, Comentario Elcano 7/2015.

(4) Davis, Christopher (2015), “The Ukraine Conflict: Economic-Military Power Balances and Economic Sanctions: lessons for the Past for Future EU Policies”, Madrid: Análisis del Real Instituto Elcano, 20/2015.

(5) Johnson, Reuben (2015), “Russia´s Hybrid War in Ukraine is working”, IHS Jane´s Defence Weekly, February, 26.

(6) Rawnsley, Adam (2015), “Kremlin Conducting Electronic Warfare Against Ukraine”, Fortuna´s Corner, 8 March.

(7) Coyle, James J. (2015), “Russian Cyber War Techniques in the Ukraine Described”, Newsweek, May, 17th.

(8) Thiele, Ralph D. (2015), “Crisis in Ukraine – The Emergence of Hybrid Warfare”, ISPSW Strategic Series, nº 347, pp. 1-13.

(9) Chen, Adrian (2015), “The Agency”, The New York Times Magazine, June, 2.

(10) De Pedro, Nicolás (2014), “Un otoño decisivo para Ucrania”, Opinión Europa, No 260, Barcelona: Fundación CIDOB.

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